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La conspiración sobre la conspiración

El autor es economista. Reside en Santo Domingo.

Sucedió por allá en los Estados Unidos de la década de los treinta, la Gran Depresión. Asalto a un pequeño banco de una pequeña ciudad del sureste. Tres hombres armados penetraron a la oficina. Uno amagó al guardia de seguridad. Otro a punta de pistola obligó a los clientes a echarse en el suelo con las manos en la nuca y mirando hacia abajo. Que no intentaran hacerse los héroes. Les recordó que, al cabo, ese dinero no era de ellos. El tercero se brincó sobre el mostrador, entró a la oficina del gerente y lo trajo a trompicones hacia el área de caja. Allí ordenó a los dos cajeros a meter el efectivo en dos valijas que había traído.

La operación duró acaso cinco minutos. Bien concebida, planificada. Las actuaciones sincrónicas y sobretodo efectivas. Articulados, cada quien se ocupó de su función confiando en que los demás hacían lo mismo. Afuera aguardaba un vigía en caso de que se aproximara un cliente o un policía. Otro esperaba en el carro encendido. Escaparon fácilmente, nadie de afuera vio nada. A mitad de camino cambiaron de carro, por otro también robado. Y finalmente llegaron a una casa de seguridad donde esperaba una señora con dos hijos pequeños a la que visitaban unos primos que vivían desde hacía tiempo en California. Un golpe sin arrugas.

Pero –siempre hay un pero-, como suele suceder, hay uno débil de carácter: empieza a gastar en exceso –sin tener cómo justificar el dinero- y a aflojar la lengua. Lo arrestan y finalmente atrapan a todo el grupo. Los acusan de robo en lo que utilizan un señalamiento más poderoso: asociación de malhechores. Desde la perspectiva de la fiscalía es un caso simple, un clavo pasado. La defensa, sin embargo, no se deja vencer tan fácilmente: hay la confesión del imprudente, pero no hay ningún plan escrito. Ciertamente, recuperaron gran parte del dinero, las armas, y varios testigos reconocieron haber visto a los implicados salir del banco a la hora exacta del asalto. Ninguno tenía una coartada para ese día a esa hora, como no podían justificar el dinero que se le encontró encima. Pero todos decían no conocer a los demás. Naturalmente el jurado no compró esta teoría y los condenó a todos a la pena máxima. Al final, uno de los jurados dijo a la prensa que si un crimen se puede probar únicamente mediante un plan formal y por escrito, no habría condena posible en la historia de la justicia americana.

Años después los gansters acuñarían la frase: “un secreto entre dos sólo se puede mantener si hay uno de los dos muerto” . La paradoja del secreto es que no se puede mencionar sin dejar de serlo. El asesinato de Kennedy, ¿fue el magnicidio ejecutado por un solo hombre? ¿Por qué desproteger tanto a Oswald, tanto como a Kennedy? Si se mata al matador, asunto resuelto. Se rompe irremediablemente la cadena de información.

En el derrocamiento de Arbenz, ¿no tuvo que ver la CIA? ¿Y en el de Allende? No hay plan escrito. Puras conjeturas. Durante la II Guerra Mundial, los ingleses lograron descifrar Enigma, la máquina de encriptación alemana. ¿Para qué? ¿Para qué utilizar códigos y señales si las cosas se pueden ordenar por escrito clara y directamente? Es lo que plantean los sesudos conspiradores sobre la conspiración.

Obviamente, a un lado están los paranoicos, los que ven una conspiración en la coincidencia de que el adversario ganó las elecciones en un día trece. En el otro extremo están los obtusos –entre ellos los jueces parciales, como la desgraciada CIDH-, para quienes nunca existe evidencia suficiente para demostrarle algo contrario a lo que es su propósito. De nuevo, dicen los americanos: si parece un pato, camina como un pato y dice cuak cuak, ¡es un pato! No, para los obtusos –siempre interesados- siempre cabe la duda, nunca es suficiente. Sencillamente no hay manera de demostrarles que un pato es un pato.

Pero esto no es un problema de lógica sino de interés. Nunca lo van a aceptan porque les pagan para no aceptarlo. De nuevo los gringos -que le llevan la milla a todos los países en materia de chanchullos- , llaman a uno de estos grupos “creadores de duda”. Si un grupo de científicos renombrados, incuestionables, imparciales, irreprochables, aseguran que el fumar cigarrillos es causa de cáncer de pulmón, los grupos de interés –en este caso las tabacaleras- contratan –repito el concepto: contratan- a otro grupo de científicos, no tan renombrados, no tan incuestionables…, no para que refuten al otro grupo (esto sería un exceso en muchos sentidos) sino para que siembren la duda: no hay evidencia suficiente, no se han hecho los estudios necesarios, falta tiempo para concluir las pruebas, etc. Los creadores de duda no trabajan sólo para las tabacaleras sino para cualquier grupo de interés corporativo –incluyendo a los gobiernos- en que las ganancias monopólicas o los impuestos puedan sufragar sus enormes emolumentos. El pato: el plan, por supuesto, no sólo no lo encontraremos por escrito sino que los pagos se harán según cualquiera figura geométrica que no sea una recta. (¿Por qué será?)

¿Existe un plan para fusionar a la República Dominicana con Haití? Imposible, dicen los creadores de duda. (Siempre afiliados a los dólares americanos en un esquemita simple de Departamento de Estado-AID-ONG, u otro parecido): no hay un solo documento que lo pruebe, no se han encontrado ni en los papeles de wikileaks.Todo es coincidencia: la solicitud para la instalación de campamentos en la frontera, la adopción de haitianos por curas católicos, las declaraciones del representante de la unión europea, las ceremonias para recordar la matanza del 37, el trabajo de mil onegs prohaitinas, el sesgo en los trabajos “técnicos” del PNUD, las acusaciones en la OEA… Cito al vuelo, la lista es larga. Insisto: no hay documento escrito, ergo no hay plan. Dirían los gringos refiriéndose a nuestros creadores de dudas a este efecto: parece un traidor, habla como traidor y vende su Patria: ¡es un traidor!

 

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